(microrrelato de unas 100 palabras)
La ciudad del amor está vigilada por hermosas Afroditas
sin cabezas ni coños. Su muralla,
horadada por la fe de los intrusos, defiende lo indefendible. Quien la traspasa
comprende súbitamente que siempre perteneció a ese lugar. Mas, a diferencia del
Tártaro, no es residencia eterna, y de cuando en cuando alguien debe
abandonarla. Entonces el muy taimado Hermes, mensajero de los dioses, le gira sus
pies sobre los tobillos, para que las huellas invertidas en la arena le haga
pensar, una vez olvide todo, que siempre entró y nunca salió del laberinto de
sus calles.